CAMBOYA, mi pequeña revolución.
Soy una mujer poderosa porque me tengo a mí y eso desde luego, es un buen comienzo. No tengo nada más. No tengo dinero (líquido), ni bienes sólidos y pagados (dos hipotecas), no tengo herencias en caminos ni otro patrimonio que el de mi corazón. Sin embargo me siento rica, muy rica y próspera porque en mi haber cuento con más de un tesoro.
Tengo, para empezar un corazón salvaje y libre. Un corazón muy mío, rebelde, valiente y lo más sincero posible. Soy de mi misma, por fin, tras años de busqueda, y eso es una fiesta en esta sociedad de corderos y condicionamientos.
Mi segundo patrimonio es la compasión, bien lejos de la falsa caridad. Tengo compasión por tu dolor porque tú dolor es mi dolor. Porque ya he vivenciado que aquí y allá están tan cerca, que casi se tocan. Amma me ha enseñado en profundidad que los ricos lloran en sus casas con aire acondicionado y los pobres lloran en sus chabolas repletas de mosquitos. Todos lloran en soledad. En cambio si compartes, si abres tu corazón, sonríes. Si abres tu corazóntambién lloras por el dolor del mundo, pero ese llorar no es egótico, no es un dolor egoista y solitario por no tener lo que deseas y cuando lo deseas, no lloras en soledad. Lloras contigo,con los ojos de los otros que por un milagro- (la compasión)-te han sido prestados.
Mi tesoro número tres es mi linaje. La inteligencia de mi abuelo BUSSER, la creatividad de mi madre Florecita, la capacidad de mi papá Jordi por amar la Naturaleza como máxima expresión de la Divinidad en la Tierra.
Y por si todo esto no fuera ya mucho, tengo a mi marido a mi lado: a veces como con todos los maridos no nos comprendemos, pero nos amamos. Amar es un acto de libertad constante. Amar no es condicionar ni meter en una cajita al otro. Amo a mi marido más allá de mi misma y mis vacilaciones. Le amaré siempre. Como siempre sigo amando a aquellos que tuvieron mi corazón alguna vez en sus manos.
El amor no pasa, diría mi abuela Carmen.
¿Y que pinta Camboya en todo esto?
Pues que Camboya tampoco pasa. Ya hace catorce mese que volví de allí y ardo en las ganas por ir a ver qué han hecho con esas fuentes que compramos a través de POETAS EN ACCIÓN.
Quiero volver a cruzar la estrecha frontera entre Thailandia y el grandioso reino de Camboya para mirar las caritas de los niños más tristes del mundo. Ellos, viven en mi corazón. Y esta es mi pequeña revolución: les seguiré mirando, aunque duela. Les seguiré amando.
Nadie puede convencerme que son una causa perdida ni que vivo en la utopía. Por eso decía que me siento rica…Algunas convinciones están hechas de oro y rubies azules.



