Los sabores son irrepetibles… como las personas, como los momentos. Como la vida. Heráclito y el agua que pasa por el río, y no miramos jamás el mismo río dos veces.

Un amigo estupendo, Kay, ha viajado lejos, a mi amada Asia. Cuando supé su destino final, quince días en una isla paradisíaca, para sencillamente descansar y contemplar las montañas mullidas del verde follaje del bambú, algo me recorrió por dentro.

Así que se lo pedí. Le pedí una cajita de tabaco especiado; unos cigarrillos finos y blancos que en Oriente en vez de sazonarlos con menta los aromatizan con clavos y otras especias mágicas, y también  un paquete de té de Jakarta.

Kay, muy eficiente y delicado, encontró mi té. El tabaco no, había miles.

EL té en si mismo hoy ya no sabe tan delicioso. Era imposible. No era el mismo té, la misma cosecha, y muy probablemente yo ya no sea” la meme riviere” , pero así son los apegos y sentí la ilusión de saborear aquel té, mi té de la felicidad.

Lo compramos un día de excursión y motocicleta. Subiendo hacia arriba, muy arriba, a lo más alto, con el inmenso deseo de ver brillar por la noche las estrellas.  El té venía en un paquetito minúsculo, azul y naranja. No era de propio de la isla, sino importado, ya lo he dicho, de Jakarta.

En su día, la primera vez, el primer río, sabía a cielo, a estrellas, a agua caliente manando de un volcán dormido. Sabía a niña enamorada. Hoy, este té, en Europa, en Las Hadas, en Mallorca, sabe a serenidad, sabe a volcán despierto. Sabe a mujer hecha y derecha, delgada, feliz y con el pelo largo. También sabe a compasión y entendimiento.Pero  a esto último sabe menos… aunque sepa a irrepetible.