Abuelo es una palabra bonita. Me gusta. De hecho me gusta mucho y me alegra enormemente pronunciarla.

Siempre eché de menos a es meu padri Busser. Todos sabían en casa cuanto lo admiraba y quería. Me acostumbré a él, incluida su severa autoridad. Mi papá Jordi solía enviarme a ca es padri para que me pusiera recta.

Por oro lado tenía el abuelo de Barcelona,  l´avi Carmelo. A l´avi Carmelo lo admiraba menos porque fue un hombre gris. Era contable. Sin embargo, gran sorpresa, he comprendido al final de su vida y con los secretos desvelados que Carmelo fue el Morral más puro y bueno que se podía encontrar en su Sabadell natal. Escondía un tesoro, un secreto. No fue el padre biológico de mi madre y no lo confesó nunca. Nos enteramos después de su muerte. Mi abuelo no era de sangre aunque conservo su apellido.

Una vez enterrados los abuelitos han ido apareciendo abuelos de pega, pero ahora que ya tengo práctica en eso de que “no compartimos genes” es muy fácil amarles. Mre refiero a mis abuelos prestados. Abuelos que te ayudan a comprender la belleza de la juventud y  la sabiduria que esconde la vejez.  En las jerarquias tribales, también en India, se tiene en mucha estima al anciano. Por lo que ha pasado, por lo que ha aprendido, por sobrevivir. Por ser, al estar más cerca de la muerte, un poco más de Dios.

La muerte nos viste con trajes humildes. Es una buena prenda, la humildad, para irnos ligeritos. 

Quiero mucho a mi abuelo de pega Estalella, a mi abuelo Antonio de Córdoba. A Carmelo Morral con su generoso  silencio y como no al pintor de sa cala, donde flota mi infancia entre lienzos de colores, hinojo marino y tortillas de esparragos de Santanyi hecha por mi abuela…aunque esta, las abuelas, ya es otra historia…